Por propia naturaleza el fuego produce fuego. Si hay combustible a su alcance el fuego lo convierte en más fuego. «Ved una pequeña llama cuán grande fuego enciende», dice Santiago. El fuego no puede producir hielo ni el diablo hacer santos; así, pastores fríos no producirán guerreros en la oración.
Sin embargo, una pequeña chispa puede prender fuego a una ciudad. De una vela pueden encenderse diez mil. De la perfecta vida de oración de David Brainerd prominentes ganadores de almas han recibido su fuego inicial. (Por ejemplo, Carey, Payson, etc.)
Guillermo Carey leyó la biografía de Brainerd y se encendió un fuego en el pecho del joven que le trajo a la India. De la llama de Brainerd se propagó asimismo la luz por la voluntad de Dios en el corazón de Payson.
Otra alma grande, la de Jonathan Edwards, que fue testigo de las lágrimas de su hija mientras el cuerpo de Brainerd se consumía bajo la tuberculosis, escribió: «Doy gracias a Dios de que permitió en su providencia que Brainerd muriera en mi casa, de modo que pudiera yo escuchar sus oraciones, ser un testigo de su consagración y sentirme inspirado por su ejemplo.» Cuando Brainerd estaba muriendo, Wesley empezaba su vida de conquista espiritual.
Tomado de Avivamiento Genuino
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